En la historia espiritual de México, la sangre y la piel han sido más que simples elementos del cuerpo. En ellas habita una antigua sabiduría: la del sacrificio, la purificación y la posibilidad de renacer. A través de los siglos, tanto los pueblos originarios como el cristianismo novohispano hallaron en el cuerpo humano un espacio sagrado donde el dolor podía transformarse en comunión con lo divino.
Durante la evangelización, las imágenes cristianas se integraron en el imaginario indígena, no como imposiciones ajenas, sino como espejos donde resonaban significados antiguos. Así, el Cristo herido, cubierto de llagas y sangre, encontró eco en las creencias prehispánicas que entendían la piel y el dolor como portales hacia lo sagrado.
El cuerpo doliente como ofrenda
En el arte virreinal, las imágenes devocionales fueron mucho más que objetos estéticos: eran presencias vivas, protectoras y milagrosas. Entre ellas, los Cristos articulados destacaban por su capacidad de moverse, de ser bajados de la cruz y depositados en el sepulcro durante las representaciones del Viernes Santo.
Estas figuras, cubiertas con piel vacuna, cabello natural y heridas abiertas, encarnaban el dolor humano de Dios. En cada articulación, en cada gota de sangre pintada, se invitaba al creyente a sentir con el cuerpo lo que la fe proclamaba con el alma.
El sufrimiento no era solo un relato: se convertía en experiencia tangible. La sangre, como símbolo de vida derramada, purificaba a quien la contemplaba. En el contacto con el Cristo articulado, el fiel encontraba consuelo y redención: el dolor era el camino hacia lo divino.
Xipe Tótec: el eco del dios desollado
Mucho antes de la cruz, las culturas mesoamericanas ya veneraban la piel y la sangre como signos de transformación espiritual. En los rituales dedicados a Xipe Tótec, “nuestro señor el desollado”, la piel del sacrificado representaba la renovación del mundo. Quien la portaba no se disfrazaba del dios: se convertía en su encarnación viva, portador del fuego divino y de la fuerza de la fertilidad.
Los estudios de Carlos González González y Alfredo López Austin revelan que este acto de despojar la piel era un gesto de renacimiento, comparable a la mazorca que deja su cáscara para ofrecer el grano. El cuerpo, al desprender su envoltura, liberaba su esencia espiritual.
Así, cuando los misioneros trajeron consigo la imagen de Cristo ensangrentado, las comunidades indígenas reconocieron en ella una verdad que ya habitaba en su corazón ritual: la del sacrificio como regeneración. Cristo y Xipe Tótec se encontraron en un mismo símbolo: la piel herida como frontera entre lo humano y lo sagrado.
La materia del alma
El arte sacro novohispano buscó conmover, enseñar y unir. La imagen del Cristo crucificado, con su belleza doliente, no era solo un recordatorio del martirio: era una lección visual sobre la compasión y la trascendencia.
Las figuras de Cristo —con sus ojos entreabiertos, su rostro sereno y sus heridas abiertas— invitaban al espectador a contemplar el misterio del cuerpo. En ese cuerpo sangrante convivían la fragilidad y la divinidad, la carne y el espíritu, el dolor y la gloria.
Tanto en las ceremonias prehispánicas como en las procesiones virreinales, el cuerpo fue un puente, un territorio de revelación donde el alma encontraba su reflejo. Las imágenes devocionales, como las antiguas figuras de los dioses, mediaban entre el cielo y la tierra, entre lo visible y lo invisible.
Una espiritualidad bajo la piel
En el fondo, tanto el Cristo articulado como Xipe Tótec nos hablan de lo mismo: el poder transformador del cuerpo y del dolor. Ambos revelan que la piel no es una barrera, sino un umbral. Que en la herida habita la posibilidad de lo eterno.
En cada procesión de Semana Santa, cuando las comunidades aún cargan a sus Cristos sangrantes por las calles, se revive un antiguo entendimiento: la sangre purifica, la piel se renueva, y el dolor une a los hombres con lo sagrado.
Allí donde la carne se abre, brota también la fe.
Y bajo la piel —entre la sangre, el arte y la historia— late todavía la antigua convicción de que el sufrimiento, cuando se entrega, se vuelve luz.
Bibliografía
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Von Wobeser, Gisela. Religiosidad popular novohispana: creencias y prácticas. México: Fondo de Cultura Económica, 1997.
Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.