Remedios Varo: la alquimista del surrealismo

El arte como práctica de conocimiento
Remedios Varo (1908–1963) ocupa un lugar singular dentro de las vanguardias del siglo XX. Aunque suele inscribirse dentro del surrealismo, su obra desborda cualquier clasificación estilística rígida, pues articula de manera coherente un complejo sistema simbólico que integra alquimia, hermetismo, ciencia moderna, misticismo medieval, pensamiento esotérico y una profunda reflexión sobre el lugar de lo femenino en la tradición simbólica occidental.
Más que producir imágenes, Varo construyó un método visual de conocimiento. Su pintura no se limita a representar escenarios oníricos: despliega auténticos dispositivos de pensamiento en forma de imágenes. Cada obra funciona como un esquema operativo donde se ponen en juego procesos de transformación interior, estructuras iniciáticas y narrativas simbólicas de naturaleza filosófica.
En el centro de este sistema se encuentra una tesis radical: lo femenino no es objeto del misterio, sino su principio activo. La mujer, en el universo de Varo, es sujeto epistemológico, agente de transmutación y figura de soberanía espiritual.

Formación, modernidad y ruptura con el surrealismo ortodoxo
Varo se formó en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, en Madrid, institución marcada por una enseñanza académica rigurosa, donde coexistían el clasicismo técnico con los primeros contactos con las vanguardias históricas. Esta formación dejó una huella visible en la precisión de su dibujo, en la solidez compositiva y en su disciplina técnica.
Su acercamiento inicial al surrealismo no fue acrítico. A diferencia del automatismo psíquico defendido por André Breton, Varo desarrolló una poética controlada, meticulosa y estructural. En lugar de abandonar la voluntad consciente, la integró a un programa simbólico de largo aliento. Su surrealismo se inscribe más cerca de una tradición gnóstica de conocimiento que de una rebelión meramente estética.
En París, su contacto con círculos surrealistas, pero también con textos alquímicos, tratados herméticos y corrientes esotéricas, consolidó un imaginario donde la imagen no es improvisación, sino construcción.

El exilio como experiencia iniciática
El desplazamiento forzado por la Guerra Civil Española y posteriormente por la Segunda Guerra Mundial constituyó mucho más que un episodio biográfico: estructuró su pensamiento simbólico. El exilio se convirtió en una experiencia liminal, un tránsito de umbral que reorganizó su relación con el mundo.
Su llegada a México en 1942 marca una segunda fundación de su identidad estética. México no sólo le ofreció seguridad geográfica, sino un horizonte simbólico excepcionalmente fértil. Las tradiciones mesoamericanas, el sincretismo religioso, la persistencia de imaginarios mágicos y la convivencia de cosmologías antiguas con la modernidad urbana fortalecieron su visión de un mundo donde lo visible y lo invisible coexisten.
Durante este periodo trabajó como ilustradora científica y diseñadora técnica. Este hecho, frecuentemente tratado como marginal, es en realidad central: explica la lógica instrumental de muchas de sus máquinas pictóricas, la coherencia interna de sus artefactos y la precisión casi ingenieril de sus composiciones.

Un surrealismo de alquimia, ciencia y misterio
El universo visual de Varo no puede reducirse a una simple estética surrealista. Su pintura opera como una forma de hermetismo pictórico en la que cada elemento parece responder a una lógica interna cerrada, comparable a la de los tratados alquímicos. Sus escenas están pobladas por instrumentos científicos imposibles, arquitecturas góticas que funcionan como torres de iniciación y espacios interiores que recuerdan claustros de una religión sin nombre. Las criaturas híbridas que aparecen de forma recurrente no son meras fantasías, sino huellas de procesos simbólicos de transformación.
Los embudos, alambiques, hornos, destiladores, poleas y engranajes constituyen un vocabulario visual estable que remite a la tradición de la Gran Obra alquímica. Sin embargo, en su obra la materia transformada no es el metal, sino la conciencia. La pintura se convierte así en una operación de transmutación espiritual más que en una representación figurativa.
Varo incorporó de manera orgánica influencias de la Cábala, el tarot, el hermetismo renacentista y los textos médicos y filosóficos de Paracelso. Estas fuentes no aparecen de manera literal, sino reorganizadas en una sintaxis simbólica propia, convirtiendo su obra en una especie de tratado visual autónomo.

Arquitecturas simbólicas: una semiología de la imagen
El universo plástico de Remedios Varo puede analizarse como un sistema coherente de signos articulados mediante una gramática visual rigurosa. Sus pinturas funcionan como auténticos textos simbólicos en los que cada elemento cumple una función estructural dentro de un cosmos hermético, organizado y profundamente meditativo. Las torres que aparecen de manera recurrente no son simples construcciones arquitectónicas, sino auténticos ejes de ascenso espiritual que conectan distintos niveles de conciencia. Los claustros, a menudo laberínticos, operan como espacios de iniciación: ámbitos de tránsito donde el sujeto se prepara para acceder a un conocimiento velado. Las escaleras en espiral no indican únicamente movimiento físico, sino procesos de interiorización, imágenes del camino de individuación que atraviesa el alma en su búsqueda de sentido.
En este mismo sistema simbólico, las aves funcionan como emblemas del principio espiritual, intermediarias entre el mundo material y las regiones sutiles. Las máquinas, lejos de representar una oposición entre naturaleza y técnica, proponen una continuidad entre ambos órdenes, concibiendo lo mecánico como una prolongación orgánica del espíritu. La presencia constante de instrumentos alquímicos remite directamente a la estructura de la opus alchemica, cuyas etapas clásicas —nigredo, albedo y rubedo— se reconfiguran como estados interiores del alma, más que como simples procesos químicos.
Pueden establecerse, además, correspondencias estructurales con la tradición cabalística, especialmente con los diagramas del Sefer Yetzirah, así como con la simbología del tarot y los escritos de Paracelso. No obstante, Varo no reproduce estos sistemas de manera ortodoxa, sino que los reorganiza en una arquitectura simbólica autónoma, construyendo un lenguaje propio que funciona como una cosmología personal.

Lo femenino como principio epistemológico
Uno de los aportes más profundos de Remedios Varo radica en la transformación del lugar de lo femenino dentro del imaginario simbólico occidental. En lugar de perpetuar la asociación histórica de lo femenino con lo pasivo o lo caótico, Varo sitúa a la mujer como principio organizador del conocimiento. En su obra, las figuras femeninas no son objetos de contemplación, sino sujetos epistémicos: instancias que conocen, experimentan, ordenan y transforman la realidad.
Las protagonistas de sus pinturas aparecen como alquimistas que operan hornos interiores, como científicas del espíritu que diseñan complejos dispositivos destinados a la transmutación de la materia y la conciencia, y como arquitectas de universos simbólicos que construyen el mundo desde espacios de concentración ritual. Lejos de esperar una revelación externa, estas figuras generan sus propios sistemas de sentido. La acción no les ocurre: ellas la originan.
Este desplazamiento convierte la obra de Varo en una forma temprana de crítica estructural a los modelos patriarcales de representación, aunque no formulada mediante un discurso político explícito, sino a través de una reconfiguración profunda de los arquetipos visuales. La androginia presente en muchas de sus figuras no alude a una ambigüedad superficial, sino a la recuperación de un motivo central de la alquimia: el andrógino primordial, símbolo de la unidad anterior a toda escisión. Lo femenino, en su pintura, se transforma así en un principio metafísico de totalidad.

Hermandades sagradas: Leonora Carrington y María Félix
La dimensión espiritual del universo de Varo no se construyó en soledad. En México, estableció una profunda afinidad con Leonora Carrington, con quien formó una verdadera hermandad simbólica. Más que una amistad personal, la relación entre ambas funcionó como un espacio compartido de experimentación espiritual, donde la alquimia, la mitología, la magia ritual y las tradiciones herméticas eran comprendidas como lenguajes vivos.
A este entramado se suma el retrato que Varo realizó de María Félix, figura emblemática de una feminidad soberana y transgresora dentro del cine mexicano. Este gesto no fue meramente anecdótico: implicó un reconocimiento simbólico entre mujeres que, desde distintos ámbitos culturales, encarnaban formas de autonomía radical. En este sentido, la pintura de Félix puede leerse como un acto ritual de legitimación entre arquetipos femeninos de poder.

La obra como tratado hermético
Pinturas como Creación de las aves (1957), Ciencia inútil o el alquimista (1955), Bordando el manto terrestre (1961) y Naturaleza muerta resucitando (1963) pueden considerarse capítulos de un mismo tratado visual. No son escenas aisladas, sino estructuras simbólicas interconectadas que articulan una cosmología coherente.
Estas obras no proponen narrativas abiertas, sino dispositivos cerrados que exigen una participación activa del espectador. Ver un cuadro de Varo no es un acto pasivo: es una experiencia liminal.

Una estética de la transmutación
La obra de Remedios Varo constituye uno de los sistemas simbólicos más rigurosos y complejos del arte moderno. Más que una representante del surrealismo, fue una pensadora visual que elaboró una metafísica de la imagen. Su pintura no ilustra ideas: las encarna.
En su universo, lo femenino no es una categoría estética, sino un principio ontológico. El arte no es representación, sino operación. La imagen no es superficie, sino umbral.
El legado de Varo sigue activo porque no fue concebido como obra cerrada, sino como proceso en movimiento. Su pintura continúa operando en la conciencia de quien se acerca a ella.
Su obra no decora.
No explica.
No tranquiliza.
Transmuta.

Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.

 

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