Turismo, moda y destrucción: dos rostros del mismo modelo
En las últimas décadas, las grandes corporaciones han perfeccionado una narrativa seductora: desarrollo, progreso, modernidad y crecimiento económico. Bajo estos conceptos se justifican megaproyectos turísticos, industrias de consumo masivo y modelos de producción que prometen empleo y bienestar. Sin embargo, detrás de estas promesas suele ocultarse un patrón profundamente desigual: el despojo de territorios, la precarización de comunidades y la mercantilización de las culturas locales.
Hoy, distintos rincones del mundo enfrentan las consecuencias de un capitalismo extractivo que no solo explota recursos naturales, sino también identidades, memorias y formas de vida. Desde la construcción de complejos turísticos en el Caribe mexicano hasta la apropiación de diseños textiles indígenas por marcas internacionales de moda, el problema comparte una misma lógica: convertir la cultura y el territorio en mercancía.
Mahahual y el espejismo del “Perfect Day”
Uno de los casos más recientes en México es el proyecto turístico “Perfect Day México”, impulsado por la empresa Royal Caribbean Group en Mahahual, Quintana Roo. Presentado como un espacio de entretenimiento para turistas de cruceros, el megaproyecto promete inversión económica y atracción internacional. Sin embargo, diversas comunidades locales, activistas ambientales y organizaciones sociales han señalado los riesgos ecológicos y sociales que implicaría su construcción.
Mahahual no es solamente una playa turística: es un ecosistema frágil, parte del corredor arrecifal mesoamericano, además de un territorio habitado por comunidades cuya vida depende de la pesca, el comercio local y el equilibrio ambiental. La llegada de megaproyectos suele transformar radicalmente estos espacios: incremento del costo de vida, desplazamiento indirecto de pobladores, privatización de playas, contaminación y dependencia económica del turismo extranjero.
La lógica del turismo corporativo convierte el paisaje en un producto consumible. El mar deja de ser territorio vivo y se transforma en escenografía; la comunidad deja de ser sujeto histórico y pasa a convertirse en “experiencia cultural” para el visitante. El problema no es únicamente ambiental: es también simbólico. El territorio pierde su autonomía y comienza a responder a intereses empresariales globales.
Esta situación no es nueva en México. Cancún, Tulum y Playa del Carmen han mostrado cómo el crecimiento turístico acelerado puede generar profundas desigualdades sociales. Mientras hoteles y empresas obtienen ganancias millonarias, muchas comunidades enfrentan precarización laboral, pérdida de acceso a recursos naturales y crisis de vivienda.
La moda rápida y el saqueo cultural
Algo similar ocurre en la industria de la moda. Las grandes marcas internacionales han encontrado en los textiles indígenas una fuente constante de inspiración estética y rentabilidad económica. Bordados, patrones y diseños ancestrales son reproducidos en prendas comercializadas globalmente sin consentimiento ni beneficio para las comunidades originarias que los crearon.
Este fenómeno suele denominarse apropiación cultural, aunque en muchos casos podría hablarse directamente de extractivismo cultural. Las empresas toman símbolos comunitarios profundamente ligados a la identidad, espiritualidad e historia de los pueblos y los convierten en objetos de consumo descontextualizados.
En México, comunidades de Oaxaca, Chiapas, Hidalgo y Puebla han denunciado durante años el uso indebido de sus diseños por parte de marcas internacionales y firmas de lujo. El problema no es el intercambio cultural en sí mismo, sino la relación desigual de poder. Mientras las corporaciones obtienen prestigio y ganancias, las artesanas continúan trabajando en condiciones precarias, enfrentando competencia industrial y bajos ingresos.
La llamada “fast fashion” acelera todavía más esta explotación. Empresas producen ropa a gran velocidad y bajo costo, copiando elementos tradicionales sin reconocer la autoría colectiva de las comunidades. En este proceso, los textiles dejan de ser patrimonio cultural para convertirse en tendencias pasajeras. Pero los textiles indígenas no son simples adornos. Son archivos vivos de memoria histórica. Cada bordado puede contener narrativas familiares, símbolos rituales, cosmologías y conocimientos transmitidos durante generaciones. Cuando una empresa vacía estos elementos de contexto y los vende como moda, también contribuye a borrar su profundidad cultural.
Casos que evidencian el extractivismo corporativo
A lo largo del mundo —y particularmente en América Latina— existen múltiples ejemplos donde las grandes empresas han intervenido territorios y culturas bajo discursos de modernización y desarrollo. Algunos de los casos más representativos son:
1. El proyecto “Perfect Day México” en Mahahual, impulsado por Royal Caribbean Group, señalado por organizaciones ambientales debido al impacto potencial sobre arrecifes, ecosistemas costeros y dinámicas comunitarias locales.
2. La expansión turística de Tulum y Cancún, donde el crecimiento inmobiliario y hotelero ha provocado deforestación, sobreexplotación del agua y desplazamiento indirecto de habitantes originarios.
3. El uso de bordados tradicionales mexicanos por marcas internacionales como Zara, Shein o Louis Vuitton, acusadas en distintos momentos de reproducir diseños indígenas sin reconocimiento colectivo ni compensación económica adecuada.
4. La explotación laboral vinculada a la “fast fashion”, particularmente en fábricas textiles de Bangladesh, India o Vietnam, donde millones de personas trabajan en condiciones precarias para sostener el consumo global de ropa desechable.
5. La privatización de playas y espacios naturales en distintas regiones turísticas de México, donde comunidades pesqueras y habitantes locales enfrentan restricciones de acceso a territorios históricamente compartidos.
6. La extracción minera en territorios indígenas de América Latina por corporaciones internacionales, afectando reservas de agua, biodiversidad y formas tradicionales de vida.
7. La comercialización de símbolos espirituales y artesanías indígenas como objetos decorativos descontextualizados, reduciendo prácticas culturales complejas a simples “estéticas exóticas”.
El consumo como forma de colonización
Tanto en el turismo masivo como en la moda corporativa existe una misma operación ideológica: transformar todo en experiencia consumible. El territorio, la cultura y la identidad se subordinan a las necesidades del mercado global.
Este modelo reproduce dinámicas coloniales históricas. Durante siglos, las potencias coloniales extrajeron minerales, recursos y conocimientos de territorios periféricos. Hoy, muchas empresas continúan realizando prácticas similares, aunque bajo discursos de sustentabilidad, inclusión o desarrollo económico.
El capitalismo contemporáneo no solo vende productos: vende estilos de vida, imágenes de autenticidad y experiencias culturales empaquetadas. El problema aparece cuando quienes producen esa cultura quedan excluidos de las ganancias y pierden control sobre sus propios espacios y saberes.
¿Es posible otro modelo?
Frente a este panorama, distintas comunidades han comenzado a construir alternativas. Cooperativas textiles, proyectos de turismo comunitario y movimientos de defensa territorial buscan recuperar autonomía económica y proteger el patrimonio cultural y ambiental.
Estas iniciativas proponen algo fundamental: que el desarrollo no puede medirse únicamente en inversión o infraestructura. También debe considerar la preservación ecológica, la justicia social y el respeto a las comunidades locales.
Consumir de forma crítica también implica preguntarnos quién produce lo que compramos, qué impactos genera y quién paga realmente el costo de aquello que parece barato o paradisíaco. Porque detrás de muchos resorts de lujo y prendas “étnicas” de moda, suele existir una historia de explotación invisibilizada.
Informar también es una forma de resistencia
En un contexto donde las grandes corporaciones poseen enormes recursos económicos, mediáticos y políticos, muchas veces pareciera que las comunidades tienen pocas herramientas para defenderse. Sin embargo, la información continúa siendo una de las formas más poderosas de resistencia. Hablar de estos temas, investigarlos, escribir sobre ellos y compartirlos rompe con la normalización del despojo. El silencio beneficia a quienes destruyen territorios y explotan culturas; la difusión crítica permite generar conciencia colectiva.
Muchas luchas sociales han sobrevivido gracias a personas que documentan, investigan, enseñan y comunican aquello que otros intentan ocultar. Difundir información no es un acto menor: puede ayudar a visibilizar abusos, fortalecer movimientos comunitarios y cuestionar modelos de consumo que suelen presentarse como inevitables.
No todas las personas pueden detener un megaproyecto o transformar una industria global, pero sí pueden contribuir a construir pensamiento crítico. Compartir conocimiento, abrir conversaciones y cuestionar discursos empresariales también forma parte de la defensa cultural y ambiental. Porque cuando entendemos cómo funcionan estas dinámicas, dejamos de consumir de manera automática y comenzamos a mirar el mundo con mayor responsabilidad. Y en tiempos donde todo parece diseñado para olvidar rápidamente, recordar, investigar y difundir también es una forma de cuidar la memoria colectiva.
Bibliografía
Bauman, Z. (2021). Vida de consumo. Fondo de Cultura Económica.
García Canclini, N. (2020). Ciudadanos reemplazados por algoritmos. Calas.
Harvey, D. (2022). El capitalismo contra el derecho a la ciudad. Akal.
Klein, N. (2021). No Logo: el poder de las marcas. Paidós.
López Moreno, I., Rodríguez Wallenius, C., Bianchetto, A. & Gómez, O. (2024). Procesos de despojo y megaproyectos en tiempos de la Cuarta Transformación.
Pérez-Bustos, T. (2023). “Patrimonio textil y apropiación cultural en América Latina”. Revista Latinoamericana de Estudios Culturales, 18(2), 44-67.
Toledo, V. M. (2020). Ecocidio en México: la batalla final es por la vida. Grijalbo.
Velázquez, M. (2024). “Turismo corporativo y despojo territorial en el Caribe mexicano”. Estudios Sociales Contemporáneos, 31(1), 88-110.
Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.