El Día de Muertos: una tradición cambiante entre la memoria y el olvido

El Día de Muertos es una de las celebraciones más emblemáticas de México, un símbolo que ha trascendido fronteras y se ha convertido en marca identitaria del país ante el mundo. Sin embargo, su historia es mucho más compleja que el discurso nacionalista o turístico que suele acompañarla. Lejos de ser una práctica puramente prehispánica, el Día de Muertos es el resultado de un largo proceso de sincretismo cultural y religioso, donde se entrelazan las cosmovisiones indígenas mesoamericanas, las festividades cristianas europeas y las reinterpretaciones modernas de la identidad mexicana.

Entre Europa y Mesoamérica: el diálogo de los mundos
En la Europa medieval, la muerte ocupaba un lugar central en la vida cotidiana. Las celebraciones en torno a Todos los Santos (1 de noviembre) y los Fieles Difuntos (2 de noviembre) coincidían con el final de las cosechas, momento de transición entre la abundancia del otoño y la austeridad del invierno. Estas fechas estaban impregnadas de un profundo simbolismo agrícola: el fin del ciclo vital y la esperanza de un nuevo renacer. Las comunidades campesinas europeas encendían velas, rezaban por las almas del purgatorio y visitaban los cementerios como parte del ciclo natural de la vida y la muerte.
En Mesoamérica, la relación con la muerte tenía una lógica distinta, aunque también cíclica. Para los mexicas y otros pueblos nahuas, la muerte no representaba un final absoluto, sino una transformación dentro del equilibrio cósmico. Las festividades dedicadas a Mictecacíhuatl y Mictlantecuhtli, señores del inframundo, formaban parte de un sistema ritual profundamente conectado con los ciclos agrícolas y con la fertilidad de la tierra. La muerte, en este contexto, era condición de la vida: el maíz debía morir para renacer, y las almas retornaban al mundo terrenal en ciertos momentos del calendario ritual.
No obstante, estos ritos no ocurrían en noviembre, como suele pensarse, sino en los meses de Tlaxochimaco y Xocotlhuetzi (alrededor de agosto), tiempos dedicados a las ofrendas florales y al fuego nuevo. Fue durante la colonización española del siglo XVI cuando estas celebraciones se resignificaron. La imposición del cristianismo no eliminó del todo las antiguas creencias, sino que las reconfiguró bajo una nueva estructura simbólica, dando origen a un complejo entramado de prácticas híbridas que mezclaban santos, ánimas, flores, copal y rezos en una misma narrativa espiritual.

Del sincretismo al nacionalismo: la reinvención de la tradición
Durante la época colonial, el culto a los muertos fue uno de los ámbitos donde mejor se expresó el sincretismo religioso entre lo indígena y lo europeo. Las comunidades indígenas reinterpretaron los conceptos cristianos del purgatorio y la salvación a la luz de sus antiguas creencias en el retorno cíclico de las almas. Así, las ofrendas, veladoras y comidas rituales adquirieron significados múltiples: eran al mismo tiempo una oración por las almas, una invitación al regreso y una reafirmación del vínculo con los antepasados.
Con el paso de los siglos, estas prácticas se consolidaron como una expresión mestiza profundamente arraigada en la vida cotidiana. Sin embargo, fue hasta el siglo XX, en el contexto del México posrevolucionario, cuando el Día de Muertos se convirtió en un símbolo oficial de la identidad nacional. El Estado, en su afán por construir una narrativa unificadora, promovió la idea de que la festividad era una herencia directa del mundo prehispánico, exaltando su “autenticidad” frente a las influencias extranjeras.
A través del arte y la educación, el Día de Muertos fue resemantizado como emblema del “alma mexicana”, una expresión que combinaba el humor ante la muerte y la herencia indígena idealizada. Obras como las calaveras de José Guadalupe Posada o el mural de Diego Rivera, Sueño de una tarde dominical en la Alameda Central, con su célebre Catrina, consolidaron una estética popular que transformó el rito en un icono visual de mexicanidad. Este proceso, sin embargo, también simplificó su complejidad histórica, borrando las tensiones coloniales y las adaptaciones regionales que le dieron forma.

El Día de Muertos contemporáneo: entre la memoria, la resistencia y la denuncia
En las últimas décadas, el Día de Muertos ha experimentado nuevas transformaciones impulsadas por los contextos sociales y políticos del México contemporáneo. Si bien en muchas regiones —como Michoacán, Oaxaca o Puebla— persisten formas comunitarias de celebración vinculadas a los cementerios y a las ofrendas familiares, en los espacios urbanos la festividad se ha convertido también en un acto de memoria social y resistencia política.
Cada año, los altares ya no sólo honran a los difuntos familiares, sino también a las víctimas de la violencia, las desapariciones y la injusticia. Los nombres y fotografías de mujeres asesinadas, jóvenes desaparecidos, periodistas y defensores de derechos humanos aparecen entre las flores de cempasúchil y las veladoras, transformando el rito en un gesto de denuncia y de no olvido.
Ejemplos emblemáticos, como las ofrendas dedicadas a los 43 normalistas de Ayotzinapa, desaparecidos en 2014, demuestran cómo la tradición se adapta a las realidades del presente. En ciudades como Oaxaca, Guadalajara y Ciudad de México, los altares colectivos se levantan en plazas y calles como espacios de encuentro, donde el arte, la memoria y la exigencia de justicia se entrelazan. De esta manera, la muerte deja de ser sólo un tema espiritual para convertirse en una categoría política y ética, una forma de afirmar que la memoria sigue viva y que el olvido no puede ser opción.

Una conversación necesaria: el Día de Muertos en Ajolotes Nerds
En nuestro podcast Ajolotes Nerds, dedicamos un episodio especial a explorar precisamente este tema: el Día de Muertos y su verdadero origen, cuestionando los discursos que lo presentan como una tradición puramente prehispánica. En este capítulo analizamos, desde una mirada histórica y cultural, cómo el sincretismo, la colonización y las transformaciones sociales dieron forma a la festividad tal como la conocemos hoy.
A través del diálogo entre historia, arte y memoria colectiva, reflexionamos sobre cómo esta celebración continúa siendo un espejo de nuestra identidad mexicana: una práctica viva, cambiante y profundamente humana. Puedes escuchar el episodio completo en nuestro canal de YouTube, Ajolotes Nerds, donde ampliamos las ideas que aquí se desarrollan y conectamos la investigación académica con la experiencia cotidiana de recordar a quienes ya no están.

Una tradición en movimiento
El Día de Muertos no es una celebración detenida en el tiempo, sino un proceso cultural dinámico, resultado de siglos de encuentros, resistencias y transformaciones. Lejos de ser un vestigio intacto del pasado prehispánico, representa la capacidad de las comunidades mexicanas para resignificar su historia y adaptar sus símbolos frente a los cambios del mundo moderno.
En un país donde la violencia ha intentado borrar nombres y rostros, el Día de Muertos se erige como un espacio de resistencia simbólica: una afirmación de que la memoria colectiva puede sobrevivir al horror. En cada altar, en cada flor de cempasúchil, se manifiesta la voluntad de recordar y de mantener vivo el vínculo entre los vivos y los muertos, entre el pasado y el presente.
Porque, a veces, ellos se nos olvidan, y el Día de Muertos es una oportunidad para recordarlos y seguir luchando por ellos.

Bibliografía
Broda, Johanna (2003). El culto mexica de los cerros y el agua: mitos y rituales. Universidad Nacional Autónoma de México.

Fernández, Justino (1949). Arte mexicano: de sus orígenes a nuestros días. Fondo de Cultura Económica.

García Canclini, Néstor (1989). Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad. Grijalbo.

Nutini, Hugo G. (1988). Todos Santos in Rural Tlaxcala: A Syncretic, Expressive, and Symbolic Analysis of the Cult of the Dead. Princeton University Press.

Paz, Octavio (1950). El laberinto de la soledad. Fondo de Cultura Económica.

Signorini, Italo & Lupo, Alessandro (1989). Los días de los muertos: las fiestas en México y Guatemala. Universidad Nacional Autónoma de México.

Turner, Victor (1982). From Ritual to Theatre: The Human Seriousness of Play. PAJ Publications.


Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.

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