Entre el milagro y la evidencia: fe, ciencia y el rostro incómodo del fanatismo religioso

Hablar de religión no es el problema. Hablar de religión no es peligroso. Lo verdaderamente peligroso es hablar de religión cuando una parte de los creyentes confunde la fe con un blindaje ideológico que los exime de toda crítica, análisis o contexto histórico. En ese punto, la fe deja de ser una experiencia espiritual y se transforma en un dispositivo de poder: ya no busca comprender, sino imponer; no dialoga, exige obediencia.
Las reacciones de odio que aparecen cada vez que se propone una lectura histórica, artística o cultural de la Virgen de Guadalupe no son simples excesos emocionales ni malentendidos aislados. Son el síntoma de un fenómeno ampliamente estudiado por la sociología, la historia de las religiones y la psicología social: el fanatismo. Este no siempre se manifiesta con violencia física, sino mediante la negación sistemática del conocimiento, la descalificación del interlocutor y la construcción de un enemigo al que se le atribuye la intención de destruir la fe.

La negación de lo humano como falsa defensa de lo divino
Una de las afirmaciones más repetidas en los discursos fanáticos es que la imagen guadalupana “no es arte”, “no es pintura” y “no fue hecha por manos humanas”. Desde el punto de vista teológico, esta afirmación pertenece legítimamente al ámbito de la creencia. El conflicto surge cuando se exige que dicha creencia anule cualquier análisis histórico posible.
Negar que una imagen religiosa pueda ser estudiada como objeto cultural no es un acto de fe, sino una negación deliberada del objeto de estudio. El historiador del arte Hans Belting explica en Imagen y culto que las imágenes religiosas operan simultáneamente en dos planos: como objetos de devoción y como artefactos culturales producidos en contextos históricos específicos. Estos planos no se excluyen; se superponen. Eliminar uno de ellos no fortalece la imagen, la empobrece simbólicamente.
Resulta paradójico que se acepte la exégesis bíblica, la teología histórica y el análisis crítico de las Escrituras, pero se declare intocable una imagen. Si la Biblia puede estudiarse sin perder su carácter sagrado, ¿por qué una imagen no?

El falso conflicto entre fe y ciencia
Otro elemento central del discurso fanático es la idea de que la ciencia y la historia buscan destruir la fe, y que todo análisis crítico proviene de “ateos subversivos”. Esta narrativa es históricamente falsa. Gran parte del pensamiento crítico cristiano ha sido desarrollado por creyentes. La patrística, la teología medieval y la historia de la Iglesia son prueba de ello.
La ciencia no niega los milagros; simplemente no puede trabajar con ellos. El método científico se basa en observación, contraste y refutabilidad. Karl Popper señaló que una afirmación que no puede ser falsada no pertenece al ámbito científico. Esto no la convierte en falsa, la sitúa en otro plano. Exigir que un milagro funcione como prueba científica no es defender la fe, es confundir categorías.
Cuando se afirma que “ser ateo no es ser científico”, se dice una verdad parcial. Pero también es cierto que ser creyente no implica rechazar la ciencia. El conflicto aparece únicamente cuando la fe pretende sustituir al método.

El milagro convertido en argumento absoluto
El caso del ayate de fibra de maguey es ejemplar. Se repite insistentemente que un material orgánico no debería sobrevivir más de veinte años, y se presenta esta afirmación como evidencia irrefutable. Sin embargo, incluso investigadores profundamente devotos han reconocido que la imagen ha sido protegida, intervenida y restaurada durante siglos. No existe consenso científico definitivo sobre la composición actual del soporte ni sobre las condiciones exactas de su conservación.
Para el pensamiento crítico, la duda es una posibilidad legítima. Para el pensamiento fanático, la duda es una amenaza. Aquí el milagro deja de ser una experiencia espiritual para convertirse en un recurso retórico que clausura toda discusión. El historiador Marc Bloch advertía que el pensamiento mágico necesita explicaciones absolutas porque no tolera la complejidad.

La conversión “milagrosa” y el borrado de la historia
Otro punto recurrente es la afirmación de que los pueblos indígenas se convirtieron de manera espontánea gracias a la sola presencia de imágenes milagrosas, sin intervención humana. Este discurso no es inocente. Al atribuir toda la conversión al milagro, se elimina cualquier análisis sobre la violencia, la imposición y la negociación que caracterizaron el proceso evangelizador.
La historiografía contemporánea, desde Serge Gruzinski hasta Matthew Restall, ha demostrado que la evangelización fue un proceso largo, conflictivo y profundamente humano. Negar esto no es un acto de fe, sino una forma de borrar la responsabilidad histórica del poder colonial. La fe no debería necesitar negar la historia para sostenerse.

No hay nada más radical que un converso
Existe una verdad incómoda que la historia de las religiones confirma una y otra vez: los discursos más rígidos, agresivos y dogmáticos rara vez provienen de tradiciones vividas durante generaciones; suelen emerger de conversiones recientes asumidas como ruptura total con el pasado. No hay nada más radical que un converso.
El converso no solo adopta una fe; necesita demostrarla. Su identidad religiosa no se hereda ni se sedimenta lentamente, se construye como frontera. Para afirmarse, exagera la pureza doctrinal, elimina matices y ataca cualquier interpretación que le recuerde que su nueva identidad es frágil. La duda, en este contexto, no es una pregunta legítima: es una amenaza existencial.
Max Weber observó que las conversiones intensas tienden a producir religiosidades normativas y disciplinarias, porque el nuevo creyente busca certeza absoluta allí donde antes hubo vacío. Peter Berger lo formuló con claridad: la conversión radical necesita un universo simbólico cerrado para no desmoronarse.
Esto explica por qué muchos de los discursos más violentos en defensa de lo “sagrado” no provienen de comunidades religiosas históricamente arraigadas, sino de sujetos que han convertido la fe en identidad totalizante. En ellos, la religión deja de ser tradición vivida y se vuelve trinchera. No se cree para vivir mejor; se cree para tener razón.
El converso radical no dialoga porque dialogar implica relativizar. No investiga porque investigar introduce complejidad. No tolera la historia porque la historia demuestra que ninguna tradición ha sido jamás pura, homogénea o inmutable. Por eso necesita una imagen intocable, un milagro incontestable y un enemigo constante.
Este fenómeno no es exclusivo del cristianismo ni del catolicismo. Se repite en todos los sistemas de creencias cuando la fe se usa como respuesta total a una crisis identitaria. El problema no es la conversión; es cuando la conversión se convierte en negación del mundo.

El mito del creyente pacífico y la violencia del lenguaje
Uno de los aspectos más inquietantes del fanatismo religioso es la contradicción entre el discurso y la práctica. Se afirma ser pacífico y tolerante, mientras se insulta, se descalifica y se amenaza simbólicamente al interlocutor. El lenguaje se vuelve un arma: se construye un “otro” al que se le atribuye ignorancia, malicia o una conspiración para destruir la fe.
Zygmunt Bauman explicó que la violencia moderna no siempre es física; muchas veces es simbólica y se ejerce mediante el lenguaje. Cuando se invalida al otro como interlocutor legítimo, se abre la puerta a su exclusión. En ese momento, la fe deja de ser espiritualidad y se convierte en identidad tribal.

De símbolo a ideología
Paul Ricoeur distinguía entre símbolo y literalismo. El símbolo abre significados; el literalismo los clausura. El fanatismo es, en esencia, miedo al símbolo, porque el símbolo admite interpretación. Cuando una imagen religiosa deja de ser símbolo y se convierte en objeto intocable, se transforma en ideología.
La historia del cristianismo demuestra que ninguna religión es intrínsecamente pacífica o violenta. La Inquisición, las guerras de religión y la colonización muestran que la fe puede ser utilizada tanto para consolar como para dominar. La diferencia no está en la creencia, sino en la forma en que se vive.

Creer sin miedo al pensamiento
Una fe que necesita censurar, insultar o negar la historia es una fe frágil. Una fe que dialoga con el conocimiento es una fe madura. Estudiar la Virgen de Guadalupe como imagen histórica, artística y política no destruye su significado espiritual; lo amplía y lo complejiza.
Cuando la fe se siente atacada por una pregunta, el problema no es la pregunta, sino el miedo a que la respuesta no sea absoluta. Y donde no hay espacio para la duda, no hay diálogo. Donde no hay diálogo, la fe deja de ser creencia y se convierte en dogma armado.

Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.

 

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