Entre fronteras y cafés: la doble cara de la movilidad en América Latina

En los caminos polvorientos del sur de México, miles de cuerpos se desplazan con el sol a cuestas. Son mujeres, hombres, niñas y niños que huyen del hambre, de la violencia, de la falta de oportunidades o de la simple imposibilidad de quedarse. La suya es una migración forzada, marcada por el miedo y la esperanza. Cada paso es una decisión vital: seguir avanzando o detenerse ante el riesgo del crimen organizado, las extorsiones o la muerte. México, para muchos, no es un destino, sino un corredor incierto que a menudo se convierte en una trampa.
En los noticieros y discursos oficiales, la migración se reduce a cifras: caravanas, detenciones, deportaciones. Pero detrás de esas estadísticas hay nombres, historias y heridas. En la frontera sur, los cuerpos se vuelven invisibles; en la norte, se transforman en amenaza. Los migrantes latinoamericanos se mueven dentro de un sistema que los clasifica, los contiene y los precariza. Son los “otros” de la globalización, los desplazados por una economía que privilegia el capital y no la vida.

La otra cara del movimiento
Mientras tanto, en las calles empedradas de Oaxaca o en los cafés minimalistas de la colonia Roma, otro tipo de migración florece. Jóvenes europeos, estadounidenses o asiáticos, con laptops brillantes y visados turísticos, se instalan temporalmente en México. Se llaman a sí mismos nómadas digitales. Su movilidad es elegida, celebrada e incluso promovida por plataformas y políticas públicas que los reconocen como agentes de “innovación cultural” o de “dinamización económica”.
Sin embargo, su presencia transforma los paisajes urbanos: los precios de la vivienda suben, los mercados tradicionales se convierten en lugares “instagrameables” y los barrios populares son lentamente desplazados. Lo que para los habitantes locales es gentrificación, para los nómadas digitales es “descubrimiento”. Lo que para unos es desarraigo, para otros es estilo de vida.
Ambos grupos —migrantes y nómadas— se mueven. Pero el sentido de su movimiento no podría ser más opuesto. Uno busca sobrevivir; el otro, vivir mejor. Uno se enfrenta a muros físicos y simbólicos; el otro, a la posibilidad ilimitada del desplazamiento global.
La movilidad, en el siglo XXI, se ha convertido en el marcador más evidente de la desigualdad. Ya no se trata solo de tener o no tener dinero, sino de tener o no tener libertad de movimiento. En un mismo territorio coexisten quienes cruzan fronteras a pie y quienes las cruzan con una tarjeta de embarque; quienes duermen en campamentos improvisados y quienes alquilan estudios de diseño con vistas coloniales.

México como espejo de las desigualdades globales
México ocupa una posición ambigua y dolorosa. Es, al mismo tiempo, un país de origen, tránsito, destino y retorno. Ha sido refugio y expulsor, paso y frontera. Su historia migratoria es la de América Latina entera: una región moldeada por el despojo colonial, por la violencia estructural y por las políticas económicas impuestas desde el norte.
Mientras tanto, el auge de los nómadas digitales y la gentrificación urbana evidencian un nuevo tipo de colonización: una colonización estética y económica, donde los espacios locales se transforman para satisfacer el deseo de autenticidad de los extranjeros. Las ciudades mexicanas se convierten en escenografías del exotismo moderno, donde la cultura local se vende como mercancía y la vida cotidiana se estetiza para el consumo global.
El resultado es una paradoja inquietante: México es, a la vez, refugio y vitrina, muro y pasarela. Un país que acoge a quienes tienen privilegios para quedarse, pero persigue a quienes solo buscan pasar.

El privilegio de moverse
El sociólogo Zygmunt Bauman hablaba de la “modernidad líquida” para referirse a un mundo donde todo fluye: las mercancías, las imágenes, las personas. Pero no todos flotan igual en esa corriente. Mientras unos se deslizan con libertad, otros se hunden en los márgenes. El capitalismo global ha convertido la movilidad en un lujo, y el arraigo en una condena.
En esa lógica, los migrantes forzados encarnan la vulnerabilidad extrema del sistema: son la consecuencia humana de las desigualdades que sostienen el mundo moderno. Los nómadas digitales, en cambio, representan su rostro amable: la promesa de una vida flexible, deslocalizada y libre.
Pero detrás de esa aparente libertad se esconde una nueva forma de exclusión. El acceso a esa movilidad global exige capital económico, pasaportes privilegiados y conectividad digital. No todos pueden ser “ciudadanos del mundo”.

Hospitalidad y contradicción
México se define, muchas veces, como un país hospitalario. Y lo ha sido: ha recibido exilios sudamericanos, refugiados españoles, perseguidos políticos. Sin embargo, esa hospitalidad convive con la violencia estructural hacia los migrantes contemporáneos. En las rutas del sur, el crimen organizado controla el tránsito; en las fronteras, las autoridades actúan con impunidad; y en los discursos mediáticos, el migrante se convierte en amenaza, no en víctima.
Esta contradicción revela el doble estándar de nuestra sociedad: celebramos la diversidad cuando es rentable, pero la castigamos cuando incomoda. El turista es bienvenido, el migrante es sospechoso. Ambos cruzan fronteras, pero solo uno lo hace con reconocimiento.

Repensar la movilidad
Reflexionar sobre estas dos realidades no es solo un ejercicio moral, sino político. Nos obliga a cuestionar los valores sobre los que se construye el mundo contemporáneo: la libertad, el progreso, la identidad. ¿De qué sirve hablar de globalización si solo unos pocos pueden ejercerla? ¿Qué significa hablar de “redes internacionales” cuando los cuerpos que sostienen esas redes son explotados, invisibilizados o desplazados?
La movilidad debería ser un derecho, no un privilegio. Pero mientras el capital fluya más libremente que las personas, el mapa del mundo seguirá dibujando sus fronteras sobre las vidas de los más vulnerables.

La mirada antropológica: escuchar las voces
En el episodio más reciente de Ajolotes Nerds, conversamos con Yollol, antropóloga mexicana que ha dedicado su trabajo a estudiar las relaciones bilaterales, la migración y la gentrificación. Desde su experiencia, Yollol nos invita a mirar la movilidad no solo como desplazamiento, sino como experiencia vital y política. Nos recuerda que detrás de cada flujo migratorio hay historias de resistencia, vínculos comunitarios y estrategias de sobrevivencia que desafían las narrativas oficiales.
La conversación con Yollol abre un espacio para pensar críticamente: ¿qué papel juega la academia, la ciudadanía y la cultura en construir puentes de empatía y justicia? En tiempos donde las fronteras se endurecen y las desigualdades se naturalizan, escuchar a quienes investigan y viven estos procesos se vuelve un acto de resistencia intelectual y humana.
Porque, al final, migrar —ya sea por necesidad o por deseo— es enfrentarse a la condición más esencial de nuestra época: la búsqueda de un lugar donde ser. Y en esa búsqueda, México se revela como espejo de nuestras contradicciones más profundas.

Bibliografía
Bauman, Zygmunt. Modernidad líquida. Fondo de Cultura Económica, 2003.
Reflexión sociológica sobre la movilidad y la inestabilidad del mundo contemporáneo.

Harvey, David. Espacios del capital: hacia una geografía crítica. Akal, 2007.
Análisis sobre cómo el capitalismo transforma los territorios y genera desigualdades urbanas.

Mbembe, Achille. Política de la inhumanidad. Katz, 2022.Estudio sobre las formas contemporáneas de exclusión, fronteras y control de los cuerpos.

Sassen, Saskia. Expulsiones: brutalidad y complejidad en la economía global. Katz Editores, 2015. Investigación sobre cómo las dinámicas del capitalismo global generan desplazamientos humanos y territoriales.

 

Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.

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