En el episodio más reciente de Ajolotes Nerds, abordamos el caso de Eben Alexander, neurocirujano estadounidense que, tras una experiencia cercana a la muerte, publicó La Geografía del Cielo, un testimonio sobre una supuesta vivencia en un plano espiritual más allá de la conciencia ordinaria. Su relato ha generado tanto entusiasmo como escepticismo, y representa una tendencia contemporánea: la reinterpretación de lo espiritual desde una perspectiva personal y científica.
Más allá de su veracidad, lo interesante de este fenómeno es su conexión con un patrón histórico: la representación estructurada del más allá. A lo largo de las civilizaciones, las personas han intentado dar forma espacial al cielo, al infierno y a otras dimensiones espirituales. Este artículo propone una revisión objetiva de cómo diferentes culturas han concebido una “geografía del cielo”, es decir, una cartografía simbólica, religiosa o filosófica del más allá.
1. Primeras cosmologías: los cielos organizados del mundo antiguo
Las civilizaciones antiguas no separaban el conocimiento astronómico del espiritual. El cielo no era solo una bóveda física, sino también el hogar de seres superiores y fuente de conocimiento sagrado.
Mesopotamia: Los sumerios y babilonios observaron el firmamento y registraron el movimiento de los astros como expresiones de voluntad divina. El cielo era segmentado en regiones, asociado a dioses y usado como instrumento de adivinación (astrología).
Egipto: La tradición funeraria egipcia describe el Duat, un inframundo complejo compuesto de regiones con obstáculos, guardianes y juicios. Textos como el Libro de los Muertos ofrecían guías para transitar ese espacio, evidenciando una geografía moral y espiritual del más allá.
2. Mesoamérica: niveles celestes e inframundos estructurados
En culturas como la mexica y la maya, el cosmos era concebido como un sistema tripartito: cielo, tierra e inframundo. No eran planos simbólicos, sino estructuras organizadas con jerarquías y accesos específicos.
Mexicas: Se hablaba de 13 cielos y 9 niveles del inframundo (Mictlán). Cada nivel estaba vinculado a divinidades, condiciones de muerte o estados espirituales. El Tlālōcān, por ejemplo, era un paraíso acuático reservado a quienes morían por causas relacionadas con el agua.
Mayas: El Popol Vuh narra un inframundo (Xibalbá) con pruebas y entidades hostiles, lo cual sugiere una geografía ritual. Las pirámides funcionaban también como ejes cósmicos (axis mundi) que conectaban los diferentes niveles del universo.
3. Grecia, Roma y la influencia en la cosmología cristiana
El mundo clásico aportó una visión esférica y jerárquica del universo, que influiría profundamente en la tradición judeocristiana.
Cosmología griega: Platón y Aristóteles propusieron modelos de esferas celestes que rodeaban la Tierra. Ptolomeo consolidó un universo geocéntrico con cielos en capas concéntricas.
Cristianismo medieval: Estas ideas fueron reinterpretadas en clave teológica. Dante Alighieri, en La Divina Comedia, describe nueve cielos ascendentes, cada uno vinculado a una virtud teológica o astronómica, culminando en el Empíreo: la morada de Dios. Es un claro ejemplo de una geografía moralizada del cielo.
4. Tradiciones místicas: cartografías internas del alma
Durante la Edad Media y el Renacimiento, los textos místicos ofrecieron representaciones del más allá menos físicas y más introspectivas, pero estructuradas.
Mística cristiana: Autores como Teresa de Ávila (Las Moradas) o San Juan de la Cruz (Noche oscura del alma) describen la experiencia espiritual como un recorrido con etapas, obstáculos y culminaciones. Aunque no se habla de “cielo” en términos físicos, se conserva la idea de un viaje con dirección y progresión hacia lo divino.
Islam y sufismo: En la literatura islámica, destacan obras como el Mi’raj (ascensión de Mahoma), que describe su viaje por los siete cielos, encontrándose con profetas en cada uno. Se trata de una estructura espacial clara, que refuerza la noción de niveles celestiales jerarquizados.
5. La geografía del cielo en el siglo XXI: ciencia, espiritualidad y experiencia
El relato de Eben Alexander, aunque descrito en términos modernos y con apoyo de su formación médica, sigue una estructura reconocible:
Un punto de partida (la muerte clínica).
Una guía (una entidad luminosa femenina).
Una transición por distintos planos o estados.
Un conocimiento revelado.
Un retorno con propósito.
Esto reproduce patrones presentes en textos antiguos, desde los papiros egipcios hasta las visiones medievales. Incluso el uso de imágenes como la “luz indescriptible” o el “lenguaje que no se pronuncia” recuerda el simbolismo místico universal.
Además, su propuesta se alinea con una corriente contemporánea en auge: el interés por las experiencias cercanas a la muerte (ECM) y su estudio interdisciplinario desde la neurología, la psicología y la espiritualidad.
Conclusión: ¿Por qué las culturas dibujan el cielo?
Desde hace milenios, los seres humanos han buscado representar el más allá como un espacio comprensible. Esta “geografía del cielo” puede variar en símbolos, formas y sentidos, pero suele compartir ciertos rasgos:
Estructura jerárquica o por niveles.
Presencia de guías o protectores.
Obstáculos, juicios o pruebas.
Un propósito final: reunirse con lo divino, alcanzar la verdad o descansar en paz.
La obra de Eben Alexander, aunque individual y contemporánea, es parte de esa tradición. Su experiencia, más allá de ser aceptada o cuestionada, nos recuerda que el deseo de cartografiar lo desconocido —el cielo, el alma, la muerte— sigue tan vigente como en las civilizaciones antiguas.
Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.