En distintos momentos de 2025, Donald Trump volvió a colocar en el centro del debate una idea tan provocadora como peligrosa: que los territorios, las fronteras y las soberanías son construcciones débiles, casi anecdóticas, cuando se enfrentan a los intereses estratégicos de Estados Unidos. Sus declaraciones sobre Groenlandia, Canadá y, de manera indirecta, sobre los pueblos indígenas, no son episodios aislados ni simples exabruptos retóricos. Forman parte de una visión coherente del poder, la historia y la legitimidad territorial.
Desde las recientes declaraciones de Donald Trump hoy analizamos cómo un mismo discurso: la descalificación del pasado como fuente de derechos y la normalización de una lógica donde la fuerza, la utilidad estratégica y el presente justifican la apropiación.
Groenlandia: “un barco llegó hace 200 años”
El 13 de marzo de 2025, durante una reunión en la Oficina Oval con el secretario general de la OTAN, Mark Rutte, Trump volvió a insistir en su interés por que Estados Unidos adquiera Groenlandia. Lo relevante no fue solo la intención, sino la justificación.
Al cuestionar la soberanía danesa sobre el territorio, Trump redujo siglos de historia colonial, tratados internacionales y derecho internacional a una frase aparentemente trivial:
“Dinamarca está muy lejos. Un barco llegó allí hace 200 años o algo así, y dicen que tienen derechos sobre ello. No sé si eso sea cierto”.
La afirmación es reveladora. Para Trump, la legitimidad histórica se convierte en un accidente del pasado: un barco, una llegada fortuita, una antigüedad discutible. Bajo esta lógica, la soberanía no es un derecho consolidado, sino una narración débil que puede ser invalidada si el territorio resulta “necesario para la seguridad nacional” de Estados Unidos.
Groenlandia deja de ser un territorio con población, historia y estatus político propio, para convertirse en un objeto estratégico: una pieza más en el tablero del Ártico, las rutas marítimas y la competencia global.
Canadá y la frontera como “línea artificial”
En ese mismo periodo, Trump extendió su razonamiento hacia el norte del continente. Al referirse a la frontera entre Estados Unidos y Canadá, la describió como una “línea artificial”, trazada “hace mucho tiempo” con una regla, y que hoy “no tiene sentido”.
La propuesta que siguió fue aún más provocadora: que Canadá se convirtiera en el estado número 51 de la Unión, conservando su himno nacional, pero bajo control estadounidense.
Más allá de lo inviable o caricaturesco de la idea, el discurso subyacente es claro: las fronteras no son el resultado de procesos históricos, políticos y culturales complejos, sino simples trazos arbitrarios que pueden ser borrados si ya no sirven a los intereses del poder dominante.
Este tipo de retórica no es inocente. Al llamar “artificial” a una frontera, se deslegitima la soberanía del otro y se normaliza la idea de absorción, anexión o subordinación como algo racional y hasta beneficioso.
El eco colonial: pueblos indígenas y territorio
Aunque la famosa frase del “barco” se refirió a Groenlandia, su lógica reapareció con claridad en octubre de 2025, cuando Trump restauró oficialmente el Día de Colón y minimizó el Día de los Pueblos Indígenas.
En ese contexto, insistió en una narrativa conocida: la historia de la nación comienza con la llegada de los europeos. Lo anterior —los pueblos originarios, sus territorios, sus formas de vida— queda relegado a un pasado que no debe obstaculizar el “desarrollo moderno”, especialmente en sectores como la minería, el petróleo y la explotación de recursos naturales.
Aquí el paralelismo es evidente y atraviesa todo el discurso. En Groenlandia, la llegada lejana de un barco no debería —según esta lógica— otorgar derechos perpetuos sobre un territorio estratégico. En Canadá, una línea trazada hace siglos deja de tener legitimidad para dividir espacios que hoy podrían reorganizarse según intereses presentes. Y en el caso de las tierras indígenas, las reclamaciones ancestrales se presentan como obstáculos que no deberían frenar el progreso económico ni la explotación de recursos.
En los tres casos, el pasado es presentado como un estorbo. La historia deja de ser una fuente de derechos y se convierte en una carga que debe ser superada.
Historia, poder y conveniencia del momento
El problema de este discurso no es solo su simplificación histórica, sino su implicación política. Al negar la validez del pasado, se abre la puerta a un presente eterno donde manda quien tiene más poder económico, militar o estratégico.
A ello se suma un elemento clave: la conveniencia del momento. En este tipo de discurso, los argumentos se activan o se desechan según los fines inmediatos. Lo que hoy se presenta como inválido —una frontera, un tratado, un derecho histórico— mañana puede ser invocado si resulta útil. Esta flexibilidad estratégica del relato genera algo más grave que polémica política: incertidumbre jurídica.
Cuando la validez de la historia, del derecho y de los acuerdos depende del interés coyuntural de una potencia, las reglas del juego dejan de ser claras. Para los países y territorios afectados, esto impacta directamente en la confianza para las inversiones, en las posibilidades de crecimiento económico sostenido y, sobre todo, en la paz social, al debilitar la idea de que existen marcos estables que protegen a comunidades, Estados y proyectos de largo plazo.
Esta lógica no es nueva. Es, en esencia, una actualización del pensamiento colonial: la tierra pertenece a quien puede explotarla mejor, defenderla con mayor fuerza o integrarla a su proyecto de poder.
Más que declaraciones aisladas
Las palabras de Trump sobre Groenlandia, Canadá y los pueblos indígenas no deben leerse como ocurrencias desconectadas. Son expresiones de una misma visión del mundo: una donde la historia estorba, las fronteras son opcionales y la soberanía es flexible cuando se enfrenta al interés nacional de una potencia.
Entender este discurso es fundamental, no solo para analizar a Trump, sino para reflexionar sobre un fenómeno más amplio: el resurgimiento de narrativas que justifican la expansión, la apropiación y la desposesión en nombre de la seguridad, el desarrollo o el progreso.
Porque cuando las fronteras son solo “líneas artificiales” y la historia se reduce a “un barco que llegó hace 200 años”, lo que realmente se cuestiona no es el pasado, sino el derecho mismo de los pueblos a existir y decidir sobre su territorio en el presente.
Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.