Pensar Venezuela sin consignas. Una lectura desde los Estudios Latinoamericanos

Hablar de Venezuela en el presente no es simplemente referirse a una coyuntura política ni a una sucesión reciente de acontecimientos dramáticos. Es, más bien, internarse en una zona densa donde historia, poder, economía y violencia estructural se superponen de manera persistente. En el espacio público global, el debate suele reducirse a consignas morales, alineamientos automáticos o relatos que buscan héroes y villanos con una urgencia tranquilizadora. Este texto propone una lectura crítica y situada que no absuelve ni condena a priori, sino que interroga los mecanismos de poder que han configurado la crisis venezolana y su inscripción en una historia regional más amplia.
Más que ofrecer respuestas cerradas, el objetivo es suspender el juicio inmediato y recuperar una mirada estructural que permita comprender por qué América Latina —y Venezuela en particular— parece atrapada en ciclos de promesa emancipadora, crisis política y reconfiguración autoritaria.

Advertencia metodológica: dado el carácter cambiante y altamente disputado de los hechos recientes, este artículo se centra en procesos estructurales, patrones históricos y narrativas en disputa, evitando afirmaciones concluyentes sobre eventos aún sujetos a verificación y debate internacional.

Dictaduras y capitalismo en América Latina: orden, violencia y mercado
En la historia latinoamericana, las dictaduras no pueden entenderse únicamente como desviaciones autoritarias de un supuesto curso democrático natural. Desde una lectura crítica, han funcionado con frecuencia como mecanismos de reorganización del poder económico en contextos de crisis. Durante la segunda mitad del siglo XX, los regímenes militares instaurados en distintos países de la región no solo persiguieron opositores y aniquilaron disidencias, sino que reconfiguraron de manera profunda la relación entre Estado, mercado y sociedad.
La represión sistemática de la disidencia no fue un exceso ni un accidente, sino una condición de posibilidad para imponer transformaciones económicas de gran calado. La violencia política permitió desarticular sindicatos, fragmentar organizaciones populares y neutralizar proyectos de desarrollo autónomo, abriendo el camino a procesos de liberalización, privatización y endeudamiento externo. Así, la inserción de América Latina en los mercados globales se realizó desde una posición subordinada, con soberanías económicas severamente limitadas y un desarrollo industrial interno estructuralmente débil.
Este patrón dejó una herencia persistente: crisis políticas que rara vez se resuelven mediante procesos de democratización profunda y que, con frecuencia, desembocan en nuevas formas de autoritarismo interno o en intervenciones externas presentadas como soluciones técnicas a problemas que son, en realidad, históricos y estructurales.

Dependencia, extractivismo y rentismo: una larga duración
Desde la colonización europea, América Latina fue integrada al sistema mundial como territorio proveedor de materias primas, una condición que moldeó sus economías, sus Estados y sus elites. El tránsito del oro colonial al petróleo, al cobre o a la soya no alteró sustancialmente esta lógica, sino que la actualizó. En el caso venezolano, el descubrimiento y explotación masiva del petróleo durante el siglo XX consolidó un modelo rentista profundamente dependiente, capaz de generar ingresos extraordinarios, pero también de erosionar la institucionalidad y bloquear el desarrollo productivo interno.
La centralidad del petróleo no solo configuró la economía, sino que se convirtió en un eje de poder político y geopolítico. La soberanía económica quedó condicionada por los mercados internacionales, mientras que las crisis internas tendieron a resolverse mediante ajustes autoritarios, pactos de elite o presiones externas. En este sentido, el rentismo no aparece como una desviación coyuntural, sino como una estructura que limita los márgenes reales de los proyectos políticos, incluso aquellos que se presentan como emancipadores.

Estado, renta y desgaste: antecedentes de una economía en tensión
Antes de que el chavismo se constituyera como proyecto político hegemónico, Venezuela ya arrastraba una serie de tensiones estructurales vinculadas a su modelo económico y a la relación entre Estado, renta y sociedad. Desde mediados del siglo XX, el país consolidó un patrón de desarrollo profundamente dependiente del ingreso petrolero, lo que permitió una expansión sostenida del gasto público, pero también configuró un Estado cuya estabilidad descansaba menos en la productividad interna que en la administración de la renta.
La abundancia relativa de recursos facilitó políticas de subsidio, expansión burocrática y consumo importado que, si bien contribuyeron a una cierta cohesión social durante décadas, también generaron una economía vulnerable a los ciclos del precio internacional del crudo. En este contexto, la inflación comenzó a operar como un fenómeno recurrente más que como una anomalía, especialmente a partir de los años ochenta, cuando el deterioro fiscal, el endeudamiento externo y la devaluación del bolívar marcaron el agotamiento del modelo rentista clásico.
El llamado “Viernes Negro” de 1983 suele leerse como un punto de inflexión simbólico: no tanto por la crisis cambiaria en sí misma, sino porque reveló los límites de un Estado acostumbrado a sostener legitimidad mediante el gasto. A partir de entonces, la política económica osciló entre intentos de ajuste, liberalización parcial y retorno a esquemas de control, sin que se lograra una transformación estructural del aparato productivo. El resultado fue una economía cada vez más dependiente de importaciones, con una base industrial débil y una creciente exposición a la inflación como mecanismo de ajuste informal.
En paralelo, la corrupción dejó de ser un fenómeno episódico para integrarse de manera orgánica a la gestión estatal. No como simple desviación ética, sino como práctica funcional dentro de un sistema donde la asignación de recursos, contratos y divisas se convirtió en un espacio central de disputa política. Este proceso erosionó progresivamente la confianza institucional y amplió la distancia entre las élites administrativas y amplios sectores de la población.
El Estado venezolano llegó así a finales del siglo XX con una capacidad redistributiva menguante, una legitimidad política debilitada y una ciudadanía crecientemente desconectada de los mecanismos tradicionales de representación. Más que un colapso súbito, se trató de un desgaste prolongado, en el que la inflación, el dispendio y la opacidad administrativa operaron como síntomas visibles de un modelo económico en crisis.
Este escenario no explica por sí solo lo que vendría después, pero sí establece el terreno sobre el cual emergió un nuevo lenguaje político. El chavismo no apareció en el vacío: se articuló sobre una estructura estatal ya tensionada, una economía rentista en declive y una sociedad que había dejado de percibir al Estado como garante de estabilidad y previsibilidad.

El chavismo: promesa, poder y cierre autoritario
El chavismo emergió a finales del siglo XX como respuesta a una acumulación histórica de desigualdad, exclusión y colapso institucional, simbolizada por el Caracazo de 1989. En su fase inicial, articuló un discurso de soberanía, justicia social y ruptura con el neoliberalismo que conectó con tradiciones populares y con una larga historia de luchas en América Latina.
Sin embargo, desde una perspectiva crítica latinoamericanista, el chavismo tardío revela tensiones profundas entre su retórica emancipadora y sus prácticas de gobierno. La concentración de poder y el debilitamiento progresivo de las instituciones se justificaron como mecanismos de defensa frente a enemigos internos y externos, mientras la disidencia —incluso aquella surgida desde la izquierda— fue crecientemente criminalizada. Lejos de transformarse, el extractivismo petrolero se profundizó como eje del modelo económico, acompañado de acuerdos pragmáticos con capital privado y actores transnacionales.
Más que una ruptura con el capitalismo dependiente, el chavismo tardío puede leerse como una reconfiguración autoritaria del rentismo, en la que la supervivencia política terminó subordinándose a la reproducción de una estructura económica históricamente frágil. Este desplazamiento no ocurrió de manera abrupta, sino como resultado de límites materiales y decisiones políticas que redujeron, de forma sostenida, los márgenes de democratización real.

Imperialismo estadounidense: sanciones, discursos y poder
La relación entre Estados Unidos y América Latina ha estado marcada por una constante ambigüedad entre tutela, intervención y abandono estratégico. Desde la Doctrina Monroe hasta la Guerra Fría, el continente fue concebido como un espacio de influencia privilegiada donde la defensa de la democracia coexistió, en múltiples ocasiones, con el respaldo a regímenes autoritarios funcionales a intereses económicos y geopolíticos.
En el caso venezolano contemporáneo, esta lógica se expresa menos a través de golpes militares clásicos y más mediante instrumentos híbridos: sanciones económicas, presión diplomática y narrativas de seguridad. Las sanciones, presentadas como herramientas de presión política, han tenido impactos directos sobre la población civil, profundizando el deterioro de las condiciones de vida. Al mismo tiempo, el discurso de los derechos humanos ha sido instrumentalizado tanto por actores internacionales como por el propio régimen, operando como un lenguaje de legitimación selectiva.
En el trasfondo de estas tensiones persiste la centralidad del petróleo. Las reservas venezolanas continúan siendo un factor decisivo en las disputas geopolíticas, condicionando alianzas, intervenciones y silencios. Desde los Estudios Latinoamericanos, el imperialismo no se entiende como una conspiración monolítica, sino como una estructura flexible de poder que se articula con debilidades internas preexistentes.

El Tren de Aragua
El Tren de Aragua es una organización surgida en Venezuela cuyo origen suele situarse entre mediados de la década de 2000 y los primeros años de la de 2010, con base inicial en el centro penitenciario de Tocorón, en el estado Aragua. Investigaciones de largo aliento realizadas por plataformas especializadas como InSight Crime, así como reportes de organismos internacionales, señalan que su conformación estuvo vinculada a redes informales de control laboral asociadas a un proyecto ferroviario inconcluso. Estas redes evolucionaron progresivamente hacia estructuras dedicadas a economías ilícitas dentro y fuera del sistema penitenciario, en un contexto marcado por el deterioro institucional y la pérdida de control estatal sobre espacios carcelarios.
Con el paso del tiempo, esta organización amplió su radio de acción hacia actividades como el tráfico de drogas, la trata de personas, la extorsión y el control de corredores utilizados por flujos migratorios. Su expansión regional ha sido documentada en países como Colombia, Perú, Chile y Estados Unidos, fenómeno que diversos estudios relacionan con la diáspora venezolana —estimada en más de ocho millones de personas según datos de Naciones Unidas— y con procesos de movilidad forzada derivados de la crisis económica y política. Desde esta perspectiva, su proyección transnacional no puede explicarse únicamente en términos de seguridad, sino como un efecto estructural de colapsos estatales, desigualdades persistentes y economías informales transfronterizas.
A partir de 2024, el Tren de Aragua adquirió una centralidad particular en el discurso político del presidente estadounidense Donald Trump, quien lo incorporó como elemento clave en su narrativa sobre migración y seguridad nacional. La organización fue presentada como evidencia de una supuesta responsabilidad directa del Estado venezolano en la expansión de economías ilícitas más allá de sus fronteras, argumento utilizado para legitimar políticas de deportación acelerada y, posteriormente, acciones de fuerza contra Venezuela en enero de 2026. Desde los Estudios Latinoamericanos, este desplazamiento del fenómeno hacia el terreno discursivo revela una tensión persistente: prácticas documentadas de criminalidad transnacional coexisten con su uso político como figura del enemigo, funcional a la construcción de consensos en torno al control migratorio, la securitización de la movilidad y la intervención geopolítica.

Narrativas en disputa y resistencias posibles
La crisis venezolana contemporánea circula a través de narrativas profundamente polarizadas que oscilan entre la retórica de la liberación democrática y la denuncia de la agresión imperialista. Frente a ello, los Estudios Latinoamericanos proponen analizar quién produce estos relatos, qué intereses económicos y políticos los atraviesan y qué continuidades históricas se activan cuando la crisis se convierte en argumento legitimador.
Lejos de una sociedad pasiva, persisten en Venezuela movimientos sociales, disidencias de izquierda y redes comunitarias que cuestionan tanto el autoritarismo interno como la injerencia externa. Estas luchas apuntan a una democratización real que desborde los límites de los discursos oficiales y a una crítica del extractivismo y del capitalismo predatorio que han marcado la historia regional.

Pensar Venezuela desde la incomodidad
Pensar Venezuela desde una clave latinoamericana implica aceptar una incomodidad persistente. No hay salidas limpias ni posiciones puras en un escenario atravesado por economías extractivas, autoritarismos internos y presiones imperiales. Reducir la crisis a un enfrentamiento entre democracia y dictadura, o entre soberanía e intervención, equivale a ignorar las estructuras que han hecho posible la repetición del colapso.
Más que elegir bandos, el desafío consiste en desarmar las condiciones históricas que producen la catástrofe. Pensar Venezuela sin consignas es, en última instancia, un ejercicio crítico regional: una forma de mirar de frente los límites reales de los proyectos emancipadores bajo economías dependientes, sin romanticismos ni celebraciones prematuras, pero también sin renunciar a la posibilidad —todavía abierta— de imaginar formas de vida política que no reproduzcan, una y otra vez, los mismos ciclos de dominación.
Este texto se publica desde una perspectiva analítica y educativa. No representa una postura partidista, sino un ejercicio crítico propio del pensamiento latinoamericano contemporáneo.

Glosario crítico: conceptos en disputa
Este glosario no busca ofrecer definiciones neutras ni cerradas. Los conceptos aquí reunidos funcionan como herramientas analíticas: categorías históricas, políticas y económicas que adquieren sentidos específicos según los contextos de poder en los que se emplean. Leídos desde los Estudios Latinoamericanos, estos términos permiten identificar continuidades estructurales más que excepciones coyunturales.

Dictadura
Más que un régimen político caracterizado únicamente por la suspensión de libertades, la dictadura puede entenderse como una forma de reorganización del poder en contextos de crisis. En América Latina, ha operado históricamente como un dispositivo que articula violencia estatal, control social y reconfiguración económica, frecuentemente en beneficio de elites locales y capitales transnacionales.

Colonización
Proceso histórico mediante el cual territorios, poblaciones y recursos fueron incorporados de manera subordinada a proyectos imperiales. Sus efectos no se limitan al periodo colonial formal: persisten en estructuras económicas, jerarquías raciales, patrones culturales y formas de conocimiento que continúan organizando la vida social latinoamericana.

Imperialismo
Conjunto de prácticas políticas, económicas y simbólicas mediante las cuales los Estados centrales ejercen influencia y control sobre regiones periféricas. En su forma contemporánea, el imperialismo no requiere ocupación directa: se expresa a través de sanciones, endeudamiento, control financiero, presión diplomática y narrativas de legitimación humanitaria o securitaria.

Dependencia
Categoría central de los Estudios Latinoamericanos que describe la inserción estructuralmente subordinada de ciertas economías en el sistema capitalista global. No alude solo a relaciones externas, sino también a la formación de Estados y elites internas cuya reproducción depende de esa subordinación.

Extractivismo
Modelo económico basado en la explotación intensiva de recursos naturales para la exportación, con escaso valor agregado interno. Más que una estrategia productiva, constituye una forma de organización del poder, que suele reforzar el autoritarismo, la desigualdad social y la degradación ambiental.

Rentismo
Estructura económica y política en la que el Estado obtiene la mayor parte de sus ingresos de rentas externas —como el petróleo— en lugar de una base productiva diversificada. Este modelo tiende a debilitar la institucionalidad, fomentar el clientelismo y limitar la democratización real.

Autoritarismo
Forma de ejercicio del poder que concentra decisiones, reduce la pluralidad política y restringe la participación social. En América Latina, el autoritarismo no siempre se opone al discurso emancipador; en ocasiones, se presenta como su garante frente a enemigos reales o imaginados.

Crimen organizado transnacional
Redes criminales que operan más allá de las fronteras nacionales y se articulan con economías ilegales, flujos migratorios y vacíos institucionales. Su expansión no puede entenderse sin considerar el colapso estatal, la desigualdad estructural y las dinámicas globales de mercado.

InSight Crime
Centro de investigación especializado en crimen organizado y seguridad en América Latina y el Caribe. Su relevancia radica en el análisis empírico de actores criminales, economías ilícitas y vínculos entre violencia, Estado y mercado. En este texto, funciona como fuente analítica, no como autoridad moral ni política, permitiendo rastrear cómo el crimen se inscribe en estructuras regionales más amplias.

Narrativa
Conjunto de discursos que organizan y simplifican la realidad para hacerla políticamente inteligible. Las narrativas sobre Venezuela —democratización, dictadura, amenaza criminal— no son neutrales: producen efectos materiales, legitiman intervenciones y delimitan lo pensable.

Estudios Latinoamericanos
Campo interdisciplinario que analiza la región desde su historia, economía política, cultura y relaciones de poder. Más que describir fenómenos, busca incomodar explicaciones simplistas y revelar las continuidades estructurales que atraviesan las crisis contemporáneas.

Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.

 

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