Un recorrido por la iconoclastia y su eterno conflicto con el poder de las imágenes
Las imágenes no solo decoran los muros o las plazas: construyen memoria, poder y creencias. Por eso, cuando una estatua cae o un mural es borrado, lo que se fractura no es únicamente el mármol, sino la historia que esas imágenes representan.
A lo largo de los siglos, los actos de destrucción o intervención de símbolos han dividido opiniones. Para unos son vandalismo; para otros, una forma legítima de resistencia. En el fondo, lo que está en juego es quién tiene el poder de contar la historia.
Los orígenes: el temor a las imágenes
El primer gran episodio de iconoclastia se vivió en el Imperio Bizantino, entre los siglos VIII y IX. En aquella época, los emperadores León III y Constantino V ordenaron destruir imágenes sagradas por considerarlas ídolos que desviaban la fe del cristianismo.
Este periodo, conocido como la Crisis Iconoclasta, dividió al Imperio entre los defensores de las imágenes (iconódulos) y sus detractores (iconoclastas). Templos fueron despojados de mosaicos, los iconos quemados, y los artistas perseguidos.
Paradójicamente, tras décadas de conflicto, las imágenes regresaron al culto con más fuerza. La lección histórica fue clara: las imágenes pueden ser destruidas, pero no borradas del imaginario colectivo.
De la religión a la política
Con el paso de los siglos, la iconoclastia abandonó los templos y entró en las calles.
Durante la Reforma Protestante, los seguidores de Lutero y Calvino destruyeron altares, imágenes de santos y vitrales, argumentando que el arte religioso era símbolo de corrupción y de idolatría. Eliminar las imágenes era, para ellos, purificar la fe y liberar a la sociedad del control del clero.
Más adelante, en la Revolución Francesa, la iconoclastia tomó un giro político: las estatuas de reyes fueron decapitadas, los escudos nobiliarios fundidos y los retratos reales sustituidos por alegorías de la libertad. No se trataba de vandalismo gratuito, sino de un acto de justicia simbólica. Derribar al rey en piedra era derrocar al rey en la mente del pueblo.
Lo mismo ocurrió durante otros procesos históricos: En América Latina, las independencias implicaron la sustitución de símbolos coloniales por héroes nacionales.Durante la caída del Muro de Berlín en 1989, la destrucción de estatuas de Lenin o Stalin fue entendida como el fin de un régimen, no como un atentado al arte. En todos estos casos, romper una imagen fue una forma de escribir una nueva historia.
La iconoclastia contemporánea: memoria, protesta y resignificación
Hoy, la iconoclastia ha regresado al debate público. En los últimos años, movimientos sociales, decoloniales y feministas han cuestionado la permanencia de monumentos que exaltan figuras asociadas a la opresión, la violencia o la desigualdad.
Las protestas del movimiento Black Lives Matter en Estados Unidos y Europa, por ejemplo, impulsaron la caída de estatuas de colonizadores y esclavistas como Edward Colston o Cristóbal Colón. Estas acciones fueron catalogadas por algunos como vandalismo, pero también celebradas como un gesto de justicia histórica.
En América Latina, el fenómeno se amplió hacia otras luchas sociales. En México, Chile y Argentina, los movimientos feministas y de derechos humanos intervinieron monumentos con grafitis, pañuelos verdes y consignas, reclamando justicia ante la violencia de género.
Las “anti-monumentas” —figuras erigidas por colectivos feministas en lugares emblemáticos— se convirtieron en símbolos del duelo y la resistencia.
Estas intervenciones abrieron un debate fundamental: ¿qué entendemos por patrimonio? ¿A quién representan las estatuas que llenan nuestras plazas? ¿Y quién decide qué símbolos merecen protección?
Vandalismo o reescritura simbólica
La iconoclastia moderna no siempre destruye: a veces transforma. En muchos casos, las estatuas o edificios intervenidos no son eliminados, sino recontextualizados.
Se colocan placas que explican el origen del monumento y sus controversias. Se permiten intervenciones artísticas o reinterpretaciones críticas. Se erigen nuevas figuras junto a las antiguas, creando diálogo entre pasado y presente. Lo que antes era destrucción hoy puede entenderse como una disputa por la memoria colectiva. Derribar, pintar o resignificar se convierte en una forma de participación política. El arte, el patrimonio y la protesta se funden en un mismo gesto: reclamar el derecho a narrar la historia desde las voces marginadas.
Feminismo e iconoclastia: la rabia como lenguaje político
En los últimos años, el feminismo ha sido una de las fuerzas más visibles en esta lucha simbólica. Las marchas del 8M o las protestas contra los feminicidios han sido etiquetadas en los medios como “violentas” o “vandalismo”. Sin embargo, muchas de esas intervenciones expresan un dolor colectivo que no encuentra respuesta institucional.
En 2019, durante una protesta en la Ciudad de México, el Ángel de la Independencia fue cubierto de grafitis feministas tras un caso de violación impune. Para muchos fue un ataque al patrimonio; para otras, un grito desesperado ante la indiferencia estatal.
Del mismo modo, en el lugar donde se encontraba la estatua de Cristóbal Colón, colectivos instalaron la Anti-monumenta: Vivas nos queremos, que honra a las mujeres víctimas de feminicidio.
Lo que para unos fue una provocación, para otros fue un acto de memoria.
El debate es profundo: cuando los canales institucionales fallan, el espacio público se convierte en el lienzo del reclamo social.
El color, la pintura y el grafiti sustituyen las palabras que nadie escucha.
Entre la memoria y el olvido
La iconoclastia, en todas sus formas, pone en evidencia que la historia no es estática. Cada generación redefine qué símbolos valen la pena conservar y cuáles deben ser reemplazados o reinterpretados.
Para algunos, derribar un monumento significa destruir el patrimonio; para otros, liberar el espacio de símbolos que ya no representan a la sociedad actual.
Ambas posturas se encuentran en tensión, y es precisamente allí donde la iconoclastia cobra sentido: como un diálogo violento, pero necesario, con nuestro pasado.
Conclusión: el poder de las imágenes rotas
Desde los templos bizantinos hasta las plazas de las metrópolis modernas, la iconoclastia revela un patrón: cada acto de destrucción es también una creación.
Lo que se rompe físicamente abre paso a nuevas narrativas.
El gesto iconoclasta, lejos de ser solo vandalismo, puede entenderse como una forma radical de participación histórica, un intento de reescribir la memoria desde los márgenes.
Así, cuando alguien pregunta si es vandalismo o reescribir la historia, la respuesta no está en el martillo ni en la pintura, sino en el porqué del acto:
en la necesidad humana de desafiar las imágenes que ya no nos representan y de crear, sobre sus ruinas, una memoria más justa y plural.
📚 Bibliografía recomendada
Belting, H. (1994). Likeness and Presence: A History of the Image before the Era of Art. University of Chicago Press.
Escobar, T. (2019). El arte fuera de sí: Disidencias y disoluciones del arte contemporáneo latinoamericano. Siglo XXI.
Gamboni, D. (2014). La destrucción del arte: Iconoclasia y vandalismo desde la Revolución Francesa. Cátedra.
Gamboni, D. (2018). La iconoclasia: un motor histórico. CIDE.
Vergara, A. (2022). “Anti-monumentos y memoria feminista en América Latina.” Revista de Estudios Visuales, 15(3), 45–68.
Zúñiga, C. (2021). “Graffiti feminista e iconoclasia urbana en la Ciudad de México.” Journal of Latin American Cultural Studies, 30(4), 512–530.
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