¿Por qué hacemos la guerra? Historia, discursos y la construcción del enemigo

La guerra ha acompañado a la humanidad desde tiempos remotos. Aparece en mitos fundacionales, crónicas antiguas, epopeyas épicas y noticieros contemporáneos. Sin embargo, pese a su persistencia, sigue siendo uno de los fenómenos más difíciles de comprender: ¿es una condición natural del ser humano?, ¿una consecuencia inevitable de la historia?, ¿o el resultado de decisiones políticas, económicas y culturales concretas? Este artículo propone recorrer algunas de las grandes preguntas que han guiado la reflexión sobre la guerra: su origen, sus transformaciones históricas y, sobre todo, la manera en que se construye al “enemigo” para justificarla.

¿Qué es la guerra?
En términos generales, la guerra puede definirse como un conflicto armado organizado entre grupos humanos —tradicionalmente Estados, aunque no exclusivamente— que implica violencia sistemática con fines políticos, territoriales, económicos o ideológicos.
El teórico prusiano Carl von Clausewitz la describió célebremente como “la continuación de la política por otros medios”. Esta idea subraya algo fundamental: la guerra no suele surgir de manera espontánea, sino que se inserta dentro de disputas de poder más amplias, donde la fuerza se convierte en herramienta cuando fallan —o se abandonan— otros mecanismos de negociación.

¿Por qué hay guerra y desde cuándo?
Las evidencias arqueológicas sugieren que los conflictos violentos organizados existen desde las primeras sociedades complejas. Restos óseos con señales de combate, fortificaciones prehistóricas y armas primitivas indican que la lucha por recursos, territorio o prestigio social ya estaba presente miles de años atrás.
Sin embargo, reducir el origen de la guerra a una sola causa resulta engañoso. A lo largo de la historia, los conflictos armados han surgido de la convergencia de intereses materiales, ambiciones políticas y construcciones simbólicas que se refuerzan mutuamente. El control de territorios fértiles, rutas comerciales estratégicas o yacimientos de minerales ha sido un motivo recurrente de enfrentamiento entre comunidades y Estados, pues de ello dependían tanto la supervivencia como la capacidad de expansión.
A estas disputas se suman proyectos imperiales o nacionales que convierten la ocupación de nuevas tierras en una empresa presentada como necesaria o incluso providencial. La expansión territorial suele ir acompañada de discursos que legitiman la conquista y transforman al otro en obstáculo para el progreso o amenaza para la seguridad colectiva. En este marco, la guerra se reviste de inevitabilidad.
Las pugnas por el poder interno y externo también desempeñan un papel decisivo. Cambios de régimen, crisis de legitimidad o rivalidades entre élites gobernantes pueden desembocar en conflictos armados utilizados para consolidar autoridad, desviar tensiones sociales o redefinir equilibrios geopolíticos. La violencia se convierte entonces en una herramienta de negociación extrema.
Las creencias religiosas y los sistemas ideológicos han funcionado tanto como detonantes directos como marcos interpretativos capaces de dotar de sentido moral a la guerra. Al presentar la confrontación como cruzada, misión civilizadora o defensa de valores absolutos, se reduce el espacio para el compromiso y se intensifica la polarización entre bandos.
Todo ello se entrelaza con dinámicas económicas más amplias. Crisis financieras, desigualdades estructurales o competencia entre potencias por mercados y mano de obra crean condiciones propicias para la confrontación, mientras que la industria armamentista y los intereses comerciales asociados a la guerra refuerzan su persistencia.
Finalmente, en muchos momentos históricos la guerra ha sido inseparable de procesos de colonización y dominación. La imposición de control sobre pueblos considerados inferiores o atrasados se articuló mediante narrativas raciales y jerarquías culturales que convertían la violencia en un instrumento legítimo de ordenamiento del mundo. Estas lógicas, lejos de desaparecer por completo, siguen dejando huellas profundas en los conflictos contemporáneos.

¿La violencia es inherente al ser humano?
Esta es una de las preguntas más polémicas. Algunos enfoques sostienen que la agresión forma parte de nuestra herencia biológica; otros subrayan el peso decisivo de la cultura, la educación y las estructuras sociales.
La antropología ha mostrado que existen sociedades con niveles históricamente bajos de violencia organizada, lo que sugiere que la guerra no es un destino inevitable inscrito en nuestra naturaleza. Más bien, parece ser una posibilidad que emerge bajo determinadas condiciones políticas, económicas y simbólicas. En otras palabras: los seres humanos somos capaces tanto de la cooperación como del conflicto extremo.

¿Es la guerra indispensable para la historia?
Durante siglos se ha pensado que la guerra es el motor del cambio histórico: ha derribado imperios, redefinido fronteras y acelerado transformaciones tecnológicas. Sin embargo, reconocer su impacto no equivale a considerarla necesaria o deseable.
La historia también avanza mediante procesos pacíficos: intercambios comerciales, migraciones, revoluciones científicas, movimientos sociales y negociaciones diplomáticas. La guerra, entonces, no es la única fuerza que moldea el mundo, aunque sí ha sido una de las más dramáticas.

Formas de hacer la guerra: una mirada histórica
Las maneras de combatir han cambiado radicalmente con el tiempo. Puede hablarse —con cautela— de ciertos grandes periodos:
Guerras antiguas y medievales, centradas en ejércitos relativamente reducidos, combate cuerpo a cuerpo y control territorial local; guerras modernas, desde los siglos XVII al XIX, con Estados centralizados, ejércitos permanentes y logística compleja; guerras industriales, como las dos guerras mundiales, marcadas por la movilización masiva de población y tecnología; y conflictos contemporáneos, donde se combinan guerras irregulares, ciberataques, drones, propaganda digital y actores no estatales. Esta evolución técnica también transforma la experiencia humana del conflicto: quién combate, quién sufre las consecuencias y cómo se narran las guerras.

Valores exaltados en tiempos de guerra
A lo largo de la historia, los discursos bélicos han promovido ciertos valores: heroísmo, sacrificio, honor, patriotismo, obediencia o defensa de la patria. Estas ideas cumplen una función crucial: legitimar la violencia y movilizar a la población.
Junto a ellos aparecen también narrativas que glorifican la muerte o deshumanizan al adversario, reduciendo la complejidad del conflicto a una lucha moral entre “nosotros” y “ellos”.

Genocidio, racismo, economía y política
Las guerras contemporáneas no pueden entenderse sin considerar la intersección entre intereses económicos, proyectos políticos y construcciones raciales o étnicas. El genocidio suele estar precedido por procesos de deshumanización: propaganda que presenta a ciertos pueblos como inferiores, peligrosos o impuros. Estas narrativas se vinculan con disputas por territorio, recursos, control político o hegemonía regional. El racismo, en estos contextos, no es solo prejuicio individual: se convierte en herramienta estructural para justificar la violencia extrema.

La construcción del enemigo
Ninguna guerra se libra únicamente en el campo de batalla. También se combate en el terreno del lenguaje. El “enemigo” no es solo quien porta armas del otro lado: es una figura construida mediante discursos oficiales, caricaturas, metáforas animales, rumores y relatos simplificados. Se le presenta como amenaza existencial, bárbaro, traidor o encarnación del mal. Esta construcción facilita que la violencia sea percibida como necesaria, incluso moralmente correcta.

¿Primero el discurso o primero la guerra?
La relación entre retórica y violencia es circular. A veces los conflictos armados preceden y luego se intensifica la propaganda para sostenerlos; en otros casos, años de discursos hostiles preparan el terreno para la confrontación. La historia muestra que las palabras importan: crean climas de opinión, normalizan la agresión y delimitan quién merece compasión y quién no.

Cultura y medios: moldeando percepciones
Películas, series, canciones, videojuegos, noticieros y redes sociales juegan un papel central en cómo imaginamos la guerra. Algunas producciones la critican y muestran sus horrores; otras la romantizan o la presentan como aventura épica. Los medios no solo informan: seleccionan imágenes, encuadres y vocabularios que influyen en nuestra interpretación de los hechos. En la era digital, esta batalla narrativa se intensifica mediante campañas de desinformación, memes políticos y propaganda viral.

Pensar la guerra para no naturalizarla
Comprender la guerra no implica justificarla. Al contrario: analizar sus causas, discursos y transformaciones históricas permite cuestionar la idea de que es inevitable. Si algo enseña la historia es que los conflictos armados son decisiones humanas insertas en contextos específicos. Y si son producto de nuestras estructuras sociales y políticas, también pueden —al menos en parte— ser evitados o transformados. En un mundo saturado de imágenes bélicas, detenernos a reflexionar sobre cómo se construyen estas narrativas es un primer paso para no aceptar la violencia como algo normal.

Una colaboración de Ajolotes Nerds para Tutivillus.

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